El lenguaje de los cuerpos

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Siempre he sido partidaria de que debemos escuchar a nuestros cuerpos. Aunque sea de manera imperceptible, éstos nos envían mensajes constantemente, tanto de bienestar como de malestar.

Los mensajes con los que estamos más familiarizados son los que se manifiestan diariamente bajo la forma de “necesidades básicas”. El hambre, por ejemplo, no es más que el cuerpo pidiendo ser alimentado; el sueño, es una petición de descanso; e ir al baño, es la exigencia por eliminar aquello que no se necesita para nada.

Pero si vamos a un plano más sutil, nos damos cuenta de que existen muchas sensaciones que pasamos por alto o que ignoramos por completo. Es precisamente en ese momento cuando el cuerpo empieza a accionar mecanismos para seguir funcionando a pesar de nuestro descuido y, buscando el equilibrio termina por colapsar, emitiendo un dolor o un malestar tan agudo, que bien puede interpretarse como un grito desesperado que demanda la inmediatez de nuestras acciones.

Dentro de estos “gritos” me atrevo a encerrar cualquier tipo de enfermedad (bien sea circunstancial o crónica) que surge en nuestros organismos y que, básicamente, son originados por nuestra desatención y desconexión. Los dolores de cabeza, de estómago, de extremidades, los mareos, las náuseas y hasta padecimientos como el cáncer, no son más que alarmas que se encienden cuando el cuerpo, literalmente, no puede más.

La buena noticia es que tenemos la solución en nuestras manos. Lo único de debemos hacer es estar un poco más atentos a nuestras sensaciones y a las respuestas inconscientes (reflejos) que tenemos ante determinadas situaciones. Las sensaciones de frío, calor, la piel erizada, el picor/escozor, un suspiro, un bostezo, entre muchas otras manifestaciones físicas, son “palabras” que nuestro cuerpo utiliza para decirnos alguna cosa u otra.

Particularmente, mi anatomía me reclama con dolores de cabeza cada vez que no descansado bien o cuando no me he hidratado correctamente. A veces le da por inflamarse en la zona del bajo vientre, para indicarme que me excedido en el consumo de grasas y en ocasiones muy extremas, baja sus defensas y me “retira” la energía para entrenar, obligándome a reposar por unos días. En cada caso, sé que debo atenderlo y negociar con mi mente consciente el hecho de que debo dejar de cumplir con la agenda y “soltar” la disciplina por un tiempo.

No estoy diciendo que debamos dejar de desenvolvernos con naturalidad, en un intento de prestar la máxima atención a todo aquello que nos sucede internamente, ni que en adelante tengamos que tomar una u otra dirección porque “es lo que pide el cuerpo”. Pero sí debemos encontrar una conexión mucho más sutil y sensible (si se quiere) con nuestra propia anatomía. Simplemente con chequear nuestro estado un par de veces al día, es suficiente para mantener la fluidez en esta comunicación, que es la primera sobre la cual deberíamos poner el foco.

Basta con respirar profundo y “mirarnos” (por lo menos dos veces al día: una al levantarnos y otra antes de irnos a dormir), poniendo atención en las sensaciones y en el estado del cuerpo en general, para que con el tiempo, vayamos identificando sus mensajes y traduciendo su lenguaje, utilizándolo a nuestro favor. Recordemos que mientras tengamos mayor conexión con nosotros mismos, mejor será la comunicación con el entorno, y mayor será nuestra capacidad para entender a otros y hacernos entender.

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