>Respeto por la Comunicación Presencial

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Siempre me ha despertado mucha curiosidad aquello de que el 93% de nuestra comunicación es no verbal. Cuando se busca en distintas fuentes, el porcentaje cambia dependiendo de lo que se considere no verbal. Sospecho que al pasar del tiempo esa medida ha venido en aumento, pues los elementos que se consideran dentro de la interacción humana se hacen cada vez más complejos y de mayor profundidad a los ojos del investigador.

En el proceso de encuentro e intercambio de información entre dos o más individuos, entran en juego tantos factores que abordarlos y comprenderlos a cabalidad se hace tarea imposible: empezamos por considerar el lenguaje corporal y la postura, agregamos el timbre de voz, el ritmo en que se habla, la dirección y matiz de la mirada, la respiración; siguiendo en este proceso pronto entramos en contacto con aspectos más sutiles como las sensaciones de los interlocutores, las que tienen ellos sobre sí mismos y las que se producen el uno al otro. Todavía podemos ir más allá: las intenciones explícitas e implícitas, los temores, los pensamientos, el movimiento emocional, todo ello impacta significativamente en el desarrollo y resultado del acto de comunicación entre personas.
Así que cada vez me parece más claro que si cualquiera desea mejorar su capacidad de comunicación, entendiendo eso como aumentar la asertividad, comprender mejor a los demás, ser más claro y directo, lograr mayor influencia en otros, y cualquier otra opción que pueda plantearse, lo más importante es el proceso de conocimiento de sí mismo, vale decir, que el individuo se perciba y se comprenda en la medida posible.
Me gusta decir que no hay trucos ni tips para expresarse o comunicarse mejor. Por lo general me parece que quien adquiere esas “claves” y las usa como “trucos o atajos” para mejorar su comunicación, sólo logra un efecto provisional, pasajero y artificial. Lo más seguro es que sus audiencias se den cuenta, tarde o temprano, de lo postizo de su estilo, y sientan la distancia que se genera cada vez que esa persona particular manifiesta una idea o intenta hacer contacto.
Por ello concibo que lo más importante del proceso de comunicación es hacer contacto: con la realidad (contexto y circunstancia) y con el otro (audiencia o interlocutores). El proceso que lleva a ello es de doble atención: hacia dentro y hacia fuera. Si reconocemos que mucho de lo que pasa en la comunicación no depende de nosotros ni está bajo nuestro control (ese 93% de los elementos no verbales), entonces nos aproximaremos a ese fenómeno con más cuidado, más respeto y más profundidad.
Quienes estamos en el campo de la comunicación y la expresión no podemos prometer recetas mágicas, todos somos conscientes de que en corto tiempo sólo pueden darse nociones básicas, pero que el cambio real en la capacidad de relación con otros, de realización de una presentación oral o exposición de impacto, de establecer vínculos con quienes nos comunicamos, sólo puede desarrollarse a través de la práctica constante, sostenida, y con la tutela de una guía adecuada.
La comunicación cara a cara es un riesgo, que consiste no solamente en la relación que se establece con un otro, lo cual acarrea gran responsabilidad, sino en la relación que se establece con el sí mismo, con la estructura de personalidad, con las tensiones personales, con las creencias, los temores, las supuestas certezas, las presiones emocionales, la vanidad personal, entre muchos otros factores.
En mi consulta privada se me hace cada día más evidente esta dinámica compleja, que nos lleva, a mí y mis clientes, del trabajo sobre el miedo escénico o el deseo de mayor proyección personal, hasta el abordaje de tensiones físicas y emocionales que llevan años elaborándose, y que son precisamente las que evitan que se dé el cambio que buscan en sus interacciones con otros.
Mi llamado es a que se comprenda que el trabajo sobre expresión, oratoria, comunicación presencial, no es y no puede ser una labor de trucos o claves rápidas, sino un territorio de abordaje sobre aspectos complejos, de un hacer exigente y minucioso y para el cual hay que tener un profundo respeto por el otro.
Cada detalle que se aborda forma parte de una totalidad que se moviliza a la menor intervención. Si trabajo sobre la respiración no es únicamente para fortalecer la voz y que se active el diafragma o el abdomen; al impulsar una respiración más profunda se está abriendo una puerta hacia nuevas imágenes y emociones, e induciendo un cambio en toda la dinámica expresiva del sujeto. Es así con cada elemento de esta actividad.
El entrenamiento en expresión y comunicación presencial considera estos elementos y su óptimo desarrollo requiere tiempo y dedicación.

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